Durante muchos años fui partícipe de la vida cotidiana de mis vecinos desde la ventana de mi cuarto. Frente a ella, se vislumbraba la persiana subida y los visillos recogidos de una habitación con un armario envejecido que daba a un pasillo adornado con una copia de un cuadro de Van Gogh. A veces, me sorprendía a mí misma transportándome mentalmente a esa porción de habitación y pasillo que alcanzaba mi vista. Miraba mi propia figura reflejada en el espejo ennegrecido del armario empotrado y, por unos segundos, me quedaba atrapada dentro de aquel rectángulo que pertenecía a la ventana y me convertía en un miembro invisible de aquella familia. En un espectador silencioso de los sucesos que acontecían en su interior. En verano, la persiana amarillenta tapaba media ventana, lo suficiente como para no distinguir aquellos olivos impresionistas en el pasillo, pero jamás rozaba el marco inferior de aquella superficie. Otras veces, la habitación resucitaba cuando una visita se quedaba en la casa a pasar la noche. Entonces, la luz anaranjada que parece inundar todas las casas de nuestros abuelos jugaba entre las ranuras de la persiana, trazando imágenes abstractas en la pared y en mi habitación. Como si el cuadro del pasillo se hubiera trasladado a la pared de enfrente, pero con una temática totalmente distinta. Casi nunca supe de aquella familia, al menos directamente. Su vida, para mí, se reducía a las idas y venidas ocasionales por el pasillo o cuando Manuela (cada vez más arrugada y más encorvada) hacía esfuerzos por quitarle el polvo a los muebles y a la lámpara. Antes de marcharse echaba un vistazo al espejo del armario y se recolocaba las horquillas del pelo canoso con la vivacidad de una adolescente. No alcanzaba a ver el rostro de la mujer durante aquella representación entre las dos, pero quería imaginar que guiñaba el ojo a su propio reflejo. Como burlándose de él. Luego se marchaba y yo me sentía como si aquello fuera una especie de ritual secreto entre las dos, y que cuando le ayudaba con las bolsas de la compra subiendo las escaleras me sonreía con complicidad, porque sabía que yo la observaba. Mi imagen de Manuela, a pesar de estar enclaustrada en esa perspectiva claustrofóbica de la habitación, a veces aparecía como por arte de magia en otros lugares. No sólo en las escaleras, tarareando alegremente mientras cargaba con bolsas llenas de verduras y botes de zumo. En ocasiones, siendo pequeña, me topaba con ella en la terraza, y nuestro encuentro casual acababa por lo general alcanzándole las pinzas de la ropa que se le caían al suelo y llegaban a nuestro lado del balcón. Otras veces, mucho más tarde, me contemplaba con los ojos entrecerrados y un leve temblor en la cabeza cuando nos la encontrábamos en la puerta de la calle. "Hay que ver, chiquita, lo que estudias. Anoche me acosté a las 2 de la mañana y todavía tenías la luz encendida". No podía evitar emocionarme, porque sabía que ella también miraba mi ventana desde aquel cuarto. Que para ella, mi entorno también se reducía a aquel marco rectangular. Y que ella también podría quedarse atrapada en el espejo de mi pasillo... quizá, sólo quizá, para arreglarse las horquillas del pelo con más esmero. Así que, de alguna manera, seguía siendo nuestro secreto. Una mañana, la persiana estaba bajada del todo. Contemplé estupefacta cómo, por primera vez en mi vida, no alcanzaba a ver ni siquiera una décima parte de aquel cuarto que casi consideraba como una extensión del mío propio. Supuse que se habrían ido de viaje. O tal vez la persiana se había roto y no tardarían en arreglarla. O a lo mejor había sido un despiste de Manuela, que últimamente andaba un poco regular. Esa tarde, cuando nos sentamos alrededor de la mesa con la televisión encendida y el cocido humeante en la olla, mi madre frunció el ceño mientras servía los garbanzos. "Pobre Manuela, con lo que estaba luchando por salir adelante". "Así es la vida", murmuró mi padre, encogiéndose de hombros. Manuela, que padecía un tumor cerebral, había fallecido aquella misma noche mientras dormía. Había sido devastador, y ningún medico podría haber hecho nada por salvarla. Desde entonces, nadie ha vuelto a subir aquella persiana. Jamás volveré a ver el cuadro de Van Gogh, ni el espejo ennegrecido del armario empotrado, ni la luz colándose entre las rendijas, ni a Manuela realizando nuestro pequeño ritual secreto. Ahora aquella habitación se ha sumido en las sombras, sumergida en un halo de muerte, como si guardara luto por aquella mujer de risa fácil y manos temblorosas. Porque esa cas se ha inundado de tristeza y ya no deja pasar la luz del sol. Pero yo sé que su imagen siempre se quedará atrapada en el espejo de mi pasillo, invisible y muda. Y Manuela siempre guiñará un ojo, coqueta, después de colocarse las horquillas del cabello.