Me alegro enormemente de especializarme en Traducción Literaria y Divulgativa. Me da igual que sea una opción sin futuro, que sólo me voy a comer los mocos y que no pueda vivir de ella. Me da exactamente lo mismo.
No me arrepiento en absoluto de haber sacrificado la jurídicoeconómica por ella, porque si no lo hubiera hecho no volvería de clase tan motivada. No iría a clase por mi propio pie ni le dedicaría tanto esfuerzo ni tantas ganas.
Hoy he traducido casi 2000 palabras en clase (que no es moco de pavo) del discurso de Harold Pinter cuando aceptó este año el premio Nobel de Literatura. Ha sido genial, intenso y hasta emotivo. Me he introducido tanto en el texto que no escuchaba apenas nada de lo que se decía en clase, intentando pensar como Pinter, intentando trasladar su lenguaje poético y mordaz a mi traducción. Ha sido agotador pero tremendamente satisfactorio. Ricardo me ha dicho "tómate un ginseng o lo que quieras, pero si te metes en el texto no salgas de él". Y tiene razón, como siempre. Además, ha dicho que en enero traduciremos comics y canciones de musicales (para que se puedan cantar) y eso me ha entusiasmado.
Estoy convencidísima de que si hubiera hecho lo que supuestamente debería hacer (esto es, haber cursado la opción jurídica y económica en lugar de la literaria) hoy habría sido diferente. Estaría asqueada, traduciendo textos ininteligibles sobre temas que me parecen tediosos e interminables y mirando en la guía cuándo es el examen de septiembre. ¿Que podría ser intérprete jurado y con ello abriría más puertas dentro del campo profesional? Quizás. Pero entonces no habría hecho lo que me gustaba, lo que llevaba esperando desde que en TPT nos preguntaron qué queríamos traducir. Y no habría vuelto de la facultad a casa casi corriendo, con la mente dándole vueltas a las palabras de Harold Pinter y con el corazón desbocado de la emoción. Y eso es una sensación impagable.
Porque, señoras y señores, a veces merece la pena sacrificar lo correcto por lo imposible.