Mi vida es una eterna contradicción. No sólo por mis acciones, mi mente o incluso mi físico (la gente se parte de risa a mi costa cuando me ve vestida de negro de arriba a abajo y repentinamente se deja entrever bajo mis pantalones un par de calcetines de rayitas de colores; o si abren mi cajón de ropa interior y se topan con que precisamente el negro es el color menos abundante...).
Pero antes de que la frase con la que he iniciado el post termine de hacer que parezca el eslogan de una marca de colonia cara, voy a dar más explicaciones al respecto.
Por ejemplo, mi odio a las muñecas. Nunca he jugado con muñecas. Cuando era pequeña prefería pasar las horas muertas jugando al Arkanoid, al Monkey Island, birlarle la GameBoy a alguno de mis amigos o jugar al baloncesto en los recreos. Sólo tenía una Barbie y fue porque mi tía nos trajo una a mí y otra a mi hermana y a mí me daba mucho palo despreciar aquel regalo (ya que no era la primera vez que lo hacía... en una ocasión me regalaron una de las típicas máquinas de coser para niñas y monté tal pollo que tuvieron que ir a descambiarla por otra cosa en la tienda).
No, yo no era la "típica niña" (afortunadamente en el mundo blogui no abundan las típicas niñas, benditas seais, preciosas mías :****). Mi hermana lloriqueaba por ir con vestidito al cole y un lazo en la cabeza, y se pasaba las horas muertas en la alfombra con ochocientos muebles, vestidos, animales, familia y coches (un Cadillac rosa, señora, tenía un Cadillac rosa) de la Barbie. Yo me empeñaba en ir con chándal y zapatillas (en esa época estrené mis primeras converse azules...), perseguía a los niños en los recreos (y corría más que ellos... anda que no les jodía ni nada xD) y volvía a casa llena de moratones, heridas y churretes. Y ay de mi madre si se le ocurría ponerme falda para ir a la escuela: siempre volvía a casa con un agujero del tamaño de un cráter en los leotardos y una sonrisa de satisfacción maquiavélica en los labios. Por si se le ocurría volver a intentarlo (desgraciadamente ella es más cabezona que yo).
En fin, a lo que iba. Yo odiaba las muñecas. Y las sigo odiando (los peluches son otra historia, los adoro ^^U). No les veo la gracia a esas señoritas inmóviles con ojos fijos y sonrisa bobalicona. Me daba coraje que yo creciera y ellas se quedaran impasibles e inalterables con el paso de los años, como unas Claudias sin colmillos. Y, sobre todo, ver sus siluetas en la pared por la noche me provocaba terror, especialmente la maldita muñeca de comunión que regalan a todas las niñas y que yo tenía ganas de prenderle fuego. Supongo que tiene algo que ver con pertenecer a la generación de pelis como Muñeco Diabólico y similares.
Os ha quedado claro, ¿no? Odio las muñecas. Entonces... ¿por qué coño mi cuarto está lleno de ellas?
Ahí están. En el mueble, en las estanterías. Muñecas de todas las nacionalidades que no se entienden entre ellas y me echan la culpa por ello. Mis padres se van todos los años al extranjero (como mínimo una vez) y mi madre tiene la bendita costumbre de traernos siempre una muñeca a mi hermana y a mí. Al igual que con mi primera y última Barbie, me da reparo rechazarlas, ya que a mi madre le hace mucha ilusión comprarlas y sé que se recorre ciudades enteras para conseguir muñecas originales. Así que las acepto, me callo y las coloco en exposición sobre las estanterías, temiendo el día en que me quede sin espacio (y lo bien que estaría ese sitio para poner más libros o más discos... *sigh*).
Tengo muñecas de Rusia, de China, de la República Checa, de Cuba (esta es especialmente terrorífica porque mi madre se la compró a una santera y tiene algo en la mano para ahuyentar a los malos espíritus... escalofriante), de Bulgaria, de Austria... Supongo que ahora no os extrañará que odie a esas muñecas japonesas del demonio que parecen de verdad, las Super Dollfie o como se llamen...
Pero ellas no son las peores, no. Las más horribles, sin duda alguna, son las tres muñecas de porcelana que tengo al fondo de una estantería. A dos de ellas, una niñita con un sombrero de paja y un arlequín azul, al menos se las puede mirar. Pero la otra... os juro que es la típica muñeca que aparecería en un relato de Stephen King y, como en el capítulo de Expediente X que él mismo guionizó, sería capaz de asesinar a quien no quiera jugar con ella.
Es rubia, de ojos oscuros, pálida como una muerta, con un vestido azul y un lazo en el cabello del mismo color... y no sonríe. Está completamente seria, mirando al infinito. Cuando me la compraron me entraron ganas de llorar, porque estaba convencida de que antes o después acabaría mirándome y diría eso de "¿quieres jugar conmigo?".
Os juro que la partiría en mil pedazos, pero prefiero no hacerlo por si decide vengarse.
Moraleja: Nunca te las apuestes con una muñeca de porcelana que no sabe sonreír.
(Prometo cambiar el diseño del blog. Pronto. Al menos, antes de volver a Granada. Respecto a las fotos de las Alpujarras en el flog... he de tener una seria charla con el vago de mi padre primero (ya sé a quién he salido... -.-U).