miércoles, marzo 10, 2004

The biggest yawn on Earth

Me aburro muchísimo. No sé qué es lo que ocurre pero este cuatrimestre no estoy en absoluto motivada. Las clases pasan una detrás de otra y yo en medio de ellas con el pensamiento perdido en otro lugar excepto las cuatro paredes del aula. En realidad creo que sí le encuentro una explicación: no me gustan demasiado las asignaturas. La traducción económica es tediosa y cuadriculada (y aunque probablemente se me dé mejor que la científica no me supone ningún tipo de reto... no hay ni que buscar la temática en Internet: una letra de cambio, una factura o un crédito documentario siempre serán iguales). Por otra parte pensaba que Informática y Documentación serían unas asignaturas interesantes, pero es que mi cabeza puede pegarse contra la mesa del sueño que me entra cada vez que tengo una de estas clases. De hecho, ahora mismo estoy en Informática y el profesor está hablando de cómo cambiar el fondo de pantalla del ordenador y cómo crear accesos directos.
Vamos a ver... si llevo haciendo esto desde tiempos inmemoriables.
Claro, probablemente ahora me diréis "qué suerte que te aburras, mis asignaturas son muy difíciles y bla bla bla", pero es que el principal problema en mí es que si algo no me gusta, lo dejo de lado. Así que más me vale ponerme las pilas o ir a una sesión de hipnosis para hacerme creer que mis asignaturas son las más amenas y divertidas del mundo. Supongo que optaré por la primera opción por cuestiones económicas xDDD

Ahora os voy a contar la historia más triste del mundo, y no lo toméis como una especie de cuento porque no es así. Esta historia es verídica, aunque no daré nombres porque la aludida no me ha dado permiso para hacerlo (tampoco se lo he pedido, pero como que ahora mismo me es imposible hacerlo).

Hace algún tiempo entré en el cuarto de una amiga del colegio, el día de su cumpleaños, y descubrí una bonita rosa blanca metida en un recipiente con agua. Con una sonrisa le pregunté acerca de la persona que le había regalado aquella flor.
"No es mía, la he comprado yo", contestó ella. "Lo hago todos los años en mi cumpleaños".
Sorprendida, quise saber la razón de aquella tradición, pero no estaba en absoluto preparada para lo que me iba a relatar. Me contó que ella habría tenido un hermano, un hermano mellizo que murió poco después de nacer debido a una serie de complicaciones en el parto.
Por eso, todos los años, como una especie de recuerdo o regalo, compra una rosa blanca en memoria de aquel hermano mellizo que podría haber tenido y con el que podría haber jugado.
Ayer volví a entrar a su cuarto y la rosa seguía allí: la había secado con sus propias manos hasta que llegara el momento de comprar una nueva flor. Y yo en silencio me pregunté qué hacía con el resto de rosas secas, si en algún cajón de su casa había 20 rosas blancas secas, 20 rosas por cada año que su hermano no pudo cumplir.
Se me saltaron las lágrimas cuando me contó aquello.
Si yo fuera su hermano, me sentiría enormemente feliz de tener una hermana así.

Aldery dixit 10:39:00 AM

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